Un poco de historia

Un heroico evangelizador

 

En las estribaciones del volcán “Pico de Orizaba” hay un “plan” como dicen los lugareños, que se llama Chilapa, población que hoy cuenta con unas 230 familias, que se dedican al cultivo de flores y follaje para arreglos, también cultivan maíz, frijol, papas y alcatraz, planta ornamental característica de esta zona. Algunas familias crían borregos y cerdos, casi todas tienen gallinas o guajolotes y perros guardianes; por ahí se ven vacas, becerros, algunos caballos y burros. Chilapa pertenece al municipio de la Perla, Veracruz, y en lo eclesiástico a la parroquia de Xometla, cuyo párroco es hoy el P. Pedro Escudero.

 

Hasta este remoto lugar llegó también Mons. Guízar y Valencia, en una mula retinta, según testimonio de una habitante, la señora Sofía Vallejo: ¡Qué ejemplo de pastor y evangelizador! ¡Qué gran misionero fue San Rafael Guízar!

 

La gente de esta bellísima zona se caracteriza por una gran religiosidad. Les gusta hablar de su Padre Dios y viven espontáneamente en su Presencia. Es la huella que dejó a su paso este santo obispo que vivió para sembrar en las almas el amor de Dios. “Dios le colme de bendiciones y le llene de su santo amor”, solía escribir antes de firmar sus cartas. En San Rafael Guízar reconocemos lo que Jesús dijo en el Evangelio: “El Buen Pastor da la vida por sus ovejas”.

 

Era de todos conocido el ardiente celo por la salvación de las almas que distinguía al obispo del estado de Veracruz. Cinco días después de haber tomado posesión de su diócesis y después de un terrible terremoto, no dudó en visitar a todas sus comunidades para auxiliar, socorrer y sobre todo bendecir a su gente como obispo. Le apremiaban los damnificados, tantas personas que habían sufrido la devastación de sus pueblos, la pérdida de casas, cosechas y sobre todo la vida de muchos seres queridos. Tantos pobres que no tenían ya techo ni pan. Corría el año 1920 cuando emprendió esta primera visita pastoral a caballo y a pie. No sabía, al partir, que duraría dos años.

 

En cada pueblo al que llegaba, visitaba personalmente a cada uno de los enfermos y heridos, “reunía a la gente a campo abierto soportando el intenso frío de la región, les hablaba de Dios pero los invitaba también a poner su esfuerzo en reconstruir sus casas y emprender otra vez la vida diaria, les administraba el sacramento de la confirmación y se sentaba a confesar junto a un muro derruido o en plena calle a veces hasta la una, dos de la madrugada. Luego, repartir el dinero, la ropa, las medicinas. Y seguir adelante, por caminos lodosos, el lodo hasta las rodillas y dos palos para avanzar, siguiendo las señas más o menos vagas que les daban los campesinos”. (cfr. “Rafael Guízar a sus órdenes”, Joaquín Antonio Peñalosa, p.126)

 

De su casa episcopal, ubicada en Jalapa, “salían carros de ropa, víveres, medicina, madera, y una procesión de pobres y enfermos que no tenía necesidad de tocar la puerta, porque la puerta estaba abierta de día y de noche” (ibídem, p.128)

 

Lo que más le gustaba era predicar misiones. Impartir catequesis a los niños, pláticas para adultos, casar parejas que vivían en amasiato, lograr la conversión de los pecadores, y orar, orar mucho y sacrificarse por sus almas. Sabía sufrir con los que sufren, y también sufrir por ellos. Su salud no era buena, pero de ello no hacía aprecio. Dormía poco, comía poco, y quería vivir más pobre que los pobres a los que ayudaba. Nunca nadie supo quiénes eran sus predilectos, si los pobres o los niños. Con el acordeón entre los brazos, cuántas canciones compuso y enseñó a sus fieles, que hoy se cantan con fervor en todos los rincones de la República Mexicana.

 

Su mejor amigo: Cristo Eucaristía. El lema de su escudo episcopal era: Alabado sea el Santísimo Sacramento. Y vaya que lo vivía de forma práctica. Durante la guerra el obispo se disfrazaba y lo llevaba consigo para impartirlo clandestinamente como viático a los moribundos de uno y otro bando. En los problemas, en las dudas, cuando se preguntaba ¿cuál será la voluntad de Dios? acudía primero a consultarlo con Jesucristo en el sagrario, y resolvía después. Consideraba el apostolado más eficaz estar de rodillas en la capilla y lo más hermoso de su día, la santa misa. A veces, cuando iba a encerrar el copón en el sagrario, no podía menos de besarlo antes. Siempre llevaba el Santísimo a los enfermos. Si no podían comulgar, el Santísimo era un buen compañero. Quiso que en todas las parroquias se estableciera la Adoración Nocturna, para que los hombres fueran cada noche, por turnos, a amar al Amor.

 

Los mártires cristeros

 

 Esta es, pues, tierra hollada por los pies de un santo obispo. Pero es tierra también regada por la sangre de mártires.

 

Por aquellos años estalló la llamada “guerra cristera” en varios estados de la República Mexicana. Sucesivas leyes promulgadas por el entonces presidente Plutarco Elías Calles que constituían una auténtica persecución religiosa, desembocaron en la decisión por parte de los obispos de suspender el culto público como medida de protesta. Los fieles católicos, en defensa de la libertad religiosa, agotadas a su vez todas las medidas pacíficas de protesta, se alzaron en armas. La guerra se prolongó de 1927 a1929 y los muertos de ambos bandos se contaron a miles. Pero mientras en el bando federal los soldados luchaban a sueldo, y hubo muchas defecciones, los “cristeros” eran voluntarios que luchaban 

 

Cristeros en Orizaba

 

por amor a Cristo, sin recibir ningún otro pago por ello que las innumerables penalidades que padecieron y la certeza de estar defendiendo el sagrado derecho de profesar su fe. Todo católico, por el hecho de practicar su religión, era perseguido. Muchos sacerdotes, religiosos, laicos e incluso niños alcanzaron en aquellos días la palma del martirio.

 

En las montañas de las faldas del Pico de Orizaba, muchos “cristeros” dieron la vida por defender su fe al grito de “¡Viva Cristo Rey”. Los campesinos de esta zona recuerdan y señalan aún algunos terrenos en los que se libraron batallas cristeras. Algunas ovejas pastan hoy tranquilamente en esos prados frescos y olorosos. Pero vibra aún en el aire el espíritu de aquellos mártires que por amor a Cristo regaron este suelo con su sangre.

 

Tras los “arreglos” de 1929, el estado de Veracruz esperó que la persecución amainase. Pero no mejoraban las cosas para la Iglesia con el gobernador anticlerical Adalberto Tejeda, quien estableció que debía ejercer su ministerio sólo un sacerdote cada 100,000 habitantes. En los primeros años ´30 se dio en este estado la llamada “segunda cristiada”. Los veracruzanos más ancianos recuerdan todavía hoy aquellos episodios de su infancia en que sus padres y abuelos protegían a los sacerdotes y arriesgaban su vida para acudir a la santa misa, casarse, confesarse o recibir la comunión. Veracruz fue el último de los estados cristeros. Con la llegada a la gubernatura del estado del Lic. Miguel Alemán Valdés en 1936, y la apertura de las iglesias forzada por pacíficas pero multitudinarias manifestaciones de los fieles católicos, en el año de 1937 volvieron a repicar las campanas, los sacerdotes salieron de la clandestinidad y regresó la paz.

 

Las misiones en el pico de Orizaba

 

Como hemos dicho, en los primeros años `30 la persecución religiosa continuaba, tras la “guerra cristera”, en el estado de Veracruz. En este enorme estado que abarca una larga franja comprendida entre la Sierra madre Oriental y el Golfo de México, el obispo sólo contaba con alrededor de 60 sacerdotes para atender las 64 parroquias y cerca de 300 capillas con que contaban en aquella época los 1,159, 935 habitantes. No todos los sacerdotes, además, habían recibido permiso “oficial” de ejercer su sacerdocio e impartir los sacramentos.

 

Por este motivo el santo obispo Rafael Guízar mantenía en el estado de México su seminario de forma clandestina. Era muy consciente de que sin seminario no hay sacerdotes y sin sacerdotes no hay vida cristiana. Las vocaciones acudieron, y llegó a mantener con grandes sacrificios, pero sostenido por el ardiente amor a sus almas, un seminario floreciente, repartido en tres diversas sedes en la ciudad de México. Cuando terminaba el curso escolar, los jóvenes que no pertenecían a su diócesis pero que habían sido admitidos en su seminario, se distribuían en diversas parroquias asignadas por el obispo y dedicaban las vacaciones a misionar auxiliando al párroco en su labor.

 

Así fue como llegó a este lugar en 1937 un grupo de seminaristas, Por entonces el párroco era el padre Antonio Maldonado, quien recordaba así aquellos años:

 

El Sr. Guízar Valencia mandaba a los seminaristas de vacaciones, unos a sus casas - a los que tenían facilidad -, y a otros conmigo o con el padre Nacho Leonor (actual obispo de Tuxpan, Veracruz), pues entonces estaba Lázaro Cárdenas de presidente y la persecución religiosa de Tejeda. El pueblo se llamaba Ixhuatlancillo y era de inditos cerrados que no hablan el castellano. Yo les llevaba a la sierra andando a caballo y mojándonos, y durmiendo en petates. Yo les prevenía:

 

- Si quieren sufrir, pues vamos...

 

Y ellos me decían:

 

- Sí, no le hace, a eso hemos venido, padre.

 

El P. Maldonado delegaba responsabilidades en los seminaristas, quienes impartían catequesis, visitaban a las familias, animaban el fervor popular o preparaban a los sacramentos. En esta experiencia misionera de los años ´30 en las faldas del volcán, y en el testimonio pastoral ardiente 

 

P. Maldonado y su hermana Esther Maldonado

de amor a las almas del santo obispo de Veracruz y del celoso párroco Antonio Maldonado, hallan su inspiración y punto de partida la vocación y la extensa labor misionera de la Legión de Cristo y el Regnum Christi.

 

Durante los primeros años de la fundación, a partir de 1941, los primeros legionarios, por entonces llamados “Misioneros del Sagrado Corazón”, regresaron a la parroquia de Ixhuatlancillo –de la que era párroco el P. Maldonado- para vivir la semana santa. El P. Maldonado les prestaba un cobertizo adyacente a su humilde casa de la población entonces llamada Jesús María, hoy Mariano Escobedo. Las condiciones eran precarias, la nueva fundación no tenía fuentes de subsistencia, pero la gente del lugar generosamente se preocupaba de ofrecerles los alimentos y cuanto necesitaran.

 

Los Legionarios de Cristo y los miembros del Regnum Christi conservamos la memoria de este lugar y de estas personas tan significativas para nuestra historia. Y así, desde 1994, organizados por Juventud y Familia Misionera –cuyo patrono es precisamente Mons. Rafael Guízar- realizamos de nuevo misiones humanitarias y de evangelización en los pueblos de la parroquia de La Perla y Xometla.

 

El sueño del obispo Rafael

 

Ante las grandes necesidades de la zona y con el deseo de agradecer a la población su ayuda en los primeros momentos de nuestra historia y dar continuidad a la labor de Mons. Guízar y aprender de él, se decidió crear un Centro destinado a las misiones y a la promoción de la devoción eucarística cuyo nombre sería “Centro Misionero Rafael Guízar y Valencia” en honor al santo obispo evangelizador.

Según testimonio de la señora Sofía Vallejo, cuando Mons. Guízar visitaba el pueblo de Chilapa, se retiraba a descansar a un terreno cercano a la Iglesia, donde había una vista muy hermosa. En una ocasión, estando ella presente, después de la clase de catecismo impartida por el mismo obispo a los niños, Mons. Guízar exclamó: "¡Qué lugar tan bonito! Este es un lugar señalado, aquí se construirá un centro misionero. Ustedes lo verán, pero yo ya no lo veré".

Seis décadas más tarde la señora Sofía contó esta experiencia a un sacerdote legionario de Cristo, que visitaba Chilapa para ver el terreno para la construcción del «Centro Misionero Rafael Guizar y Valencia». Cuando el sacerdote le preguntó dónde estaba el lugar donde el señor obispo había dicho esas palabras, la señora señaló el terreno que se había adquirido para construir el centro, sin saber que ya pertenecía a la Legión de Cristo.

Aprobación del Centro Misionero

El 2 de noviembre de 2004 Mons. Hipólito Reyes Larios, obispo de la diócesis de Orizaba, aprobó el establecimiento del «Centro Misionero Rafael Guízar y Valencia» en su diócesis. El prelado quiso firmar la carta en presencia de Cristo Eucaristía, en su 

Mons. Hipólito Reyes, obispo de Orizaba, en el momento de aprobar el Centro Misionero

residencia.

El centro abrió sus puertas el 26 de noviembre de 2004.

Cientos de misioneros acuden todos los años para prestar su servicio a las 92 poblaciones instaladas en las faldas del pico.

 

 

 Aprobación para el establecimiento del Centro Misionero Rafael Guízar y Valencia, en la diócesis de Orizaba.

 

El 2 de noviembre de 2004, Mons. Hipólito Reyes Larios, Obispo de la diócesis de Orizaba, aprobó el establecimiento deCentro Misionero Rafael Guizar y Valencia en su diócesis. El prelado, conocedor de la importancia histórica del lugar para la Legión, quiso firmar la carta en presencia de Cristo Eucaristía, y dirigirla al P.fundador de la Legión de Cristo y del Movimiento Regnum Christi, con ocasión de su LX aniversario de ordenación sacerdotal.

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